El chico solo.

Un punto en medio del horizonte, solitario, en el centro de un mundo enmarcado en lo cotidiano. Las ojeras en su rostro se dispersaban al tiempo, la rutina amenazante desde muy temprano, el despertador daba aviso del nuevo día que asomaba. La lucha diaria. Despertar era un reto, su vida no era el mejor de los estímulos, tan solo un deseo el bienquistaba: seguir durmiendo el resto de su existencia. Por inercia se dirigía hacia la luz de amanecer. Los vecinos adormitados, los caminantes presurosos queriendo desafiar al tiempo, las casas del pueblo, el longevo árbol a un costado del semáforo, vislumbraba el mismo paisaje de siempre. No había opción, por obligación un par de letras aprendió. Siempre distante en la banqueta, dibujaba, la silueta de una hermosa adolescente caminaba en su dirección, con la intención de un buenos días, lo inesperado sucedió, al darse cuenta él, se alejó, huyendo una vez más de la compañía, caminando en sentido contrario al encuentro. El dolor ya había invadido su alma cual células cancerígenas invaden cuerpos sanos. Ya no existía un lugar para el amor porque ya no existía felicidad, ya no existían ganas, ya no existía él

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